Madres e Hijas
15525
post-template-default,single,single-post,postid-15525,single-format-standard,bridge-core-3.1.6,et_monarch,qode-page-transition-enabled,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode-theme-ver-30.4.1,qode-theme-bridge,disabled_footer_top,qode_header_in_grid,wpb-js-composer js-comp-ver-7.6,vc_responsive
Madres e Hijas

Madres e Hijas

Quiero empezar este artículo dedicándoselo a mi madre. Falleció cuando yo tenía 33 años, de un sarcoma pleomórfico quimio resistente. Ni un solo día he dejado de pensar en ella, ni cuando estaba viva. Cuando las madres se van, se vuelven aún más presentes en nuestro día a día. Es alucinante ver cómo las personas mayores mencionan continuamente a sus madres. Es alucinante ver cómo las personas que se demencian creen ver a su madre en otro rostro. Es alucinante ver cómo algunas personas desean ser enterradas al lado de sus madres, en vez de estar con sus parejas.

El vínculo con las madres es de los vínculos más poderosos que hay en este mundo. Sea sano, o esté dañado. Nos come la cabeza, nos condiciona nuestras decisiones, está ahí como una mano invisible que nos acaricia o nos oprime el corazón. Nadie puede romper ese vínculo, por mucha terapia que se haga. Como mucho, transformarlo a base de esfuerzo y humildad.

Mi vínculo con mi madre no se ha roto con su muerte. Se ha transformado radicalmente. Mi madre nació 16 años después que su hermano menor, es decir, que sus hermanos mayores le sacaban una media de 20 años. Casi no los conoció. Tuvo más relación con sus sobrinos, de su edad casi, que con ellos.

Mi madre nació en el seno de un matrimonio muy religioso que no se llevaba bien y que estaba muy distanciado. Como ocurre en muchos matrimonios, su papá intentó colmar en ella las expectativas de su vejez: sería la pequeña quien le cuidaría cuando estuviera malito o viejito. Por ello convirtió a mi madre en su ojito derecho y volcó en ella los afectos que fue incapaz de prodigarle a su esposa. Se “casó” (como se dice en psicología) con ella. Su madre, mi abuela, era una mujer con una infancia muy dura. Su madre, mi bisabuela, cayó en una depresión muy profunda al dar a luz a su hijo varón, el último de 5 hijos. El bebé murió y mi bisabuela, igual que Marylin, se bebió entero el frasco de gotas para dormir.

Mi abuela se crió con 3 hermanos más en los brazos de sus abuelas y con el dolor de una madre madre muerta con la llegada de un hermano, también muerto. Cuando un niño se separa de sus padres, o pierde a alguno de ellos a una edad temprana, se llama “movimiento interrumpido”. Mi abuela con 10 añitos, sufrió un triple shock: el suicidio de su madre (encubierto por toda la familia), la muerte de un bebé que era esperado como agua de mayo y el duelo de un padre desconsolado y desesperado que nunca más se volvió a casar.

Mi abuela estaba “tocada”. Se casó tocada y fue una madre “tocada”. Cuando pensó que su relación con la maternidad había terminado, apareció mi madre de forma totalmente inesperada., en medio de más duelos, ya que los hermanos de mi abuela se fueron muriendo de accidentes muy trágicos (electrocutados, accidentes de coche). Mi madre se lamentaba de no haber visto nunca a su madre joven: siempre vestida de negro riguroso, ajada por la tristeza y sin ningún interés por cuidarse. La alegría no formaba parte de su vida.

Madres e Hijas

Mi abuela fue una “madre ausente”. Es decir, una madre de cuerpo presente, pero con las emociones en otro lugar. Se pueden tener las emociones en otro sitio por duelos o por exceso de estrés (tenemos la cabeza en lo cotidiano pero no somos capaces de conectar verdaderamente con las necesidades emocionales y espirituales de nuestros hijos porque estamos desquiciadas hasta con nosotras mismas).

Si una madre está desconectada, los hijos también se desconectan. La mirada de una madre es la mirada que un hijo va a tener con el mundo. Ya se sabe que, desde el mismo momento de la concepción, toda la emocionalidad de la madre pasa al hijo. Un niño, hasta los 3 años, no sabe realmente diferenciar sus emociones de las de su madre. El aprendizaje emocional de un niño se basa en las estrategias emocionales que desarrolla su madre. Por ejemplo, si un niño percibe que su madre se pone triste cuando le hablan con un cierto tono de voz, el niño cuando oiga esa voz va a estar alerta porque significa peligro para su mamá, porque le pone triste y ya no va a estar disponible para él. Aprenderá también a ponerse triste cuando la oiga. El niño aprende todo un mapa emocional más o menos complejo, más o menos defensivo o más o menos optimista dependiendo de las reacciones de su madre al entorno.

En mi familia, en primera instancia tenemos a una madre suicida, a su hija en duelo, que se transforma en la madre de mi madre en una época muy tardía (mi abuela tuvo a mi madre con 43 años, eso era casi imposible) y que sigue desconectada por todos los duelos que se acumulan.

“El que está en conexión con su madre brilla, tiene alegría y es amado por otros, eso se nota fácilmente; o cuando uno viene y dice que no está feliz, entonces yo pregunto por su madre, por su relación con su madre”.

Bert Hellinger

Mi abuela tuvo un movimiento interrumpido que le arrebató a su madre. Mi madre tuvo a una madre ausente. Esto le generó muchos temores, muchas inseguridades pero también le convirtió en una mujer valiente que se atrevió a salir del nido (a pesar de las amenazas de mi abuelo que veía como le arrebataban su seguro de vida) para casarse con mi padre y marcharse a Bélgica, donde yo nací. Las carencias emocionales que tenía las suplió con retos: atreverse a formar su propia familia, a buscarse la vida en un país extranjero, aprender desde cero un idioma nuevo, estudiar una carrera que culminó con éxito (en aquél entonces en Bélgica había una carrera que era “asistente social”….¿a que no os sorprende la elección?).

Mi madre se atrevió a ser madre. Una madre joven y amorosa que volcó todo su universo en su primogénita. Yo.

Mi madre intentó darme todas las seguridades y oportunidades que ella no tuvo, por eso se convirtió en mi mejor entrenadora, pero también en mi peor juez. Nuestra relación fue increíblemente intensa, al punto que cuando yo sentí que mi madre peligraba (cayó en una profunda depresión), me enfermé con diabetes.

Cuando me adentré en el mundo de la psicología y de las emociones, pude entender que todas sus heridas e inseguridades se agudizaron cuando mi hermano primero, y luego yo después, nos independizamos. No superó el síndrome del “nido vacío”. Ya no podía entretenerse con los quehaceres de la crianza y conectó con el vacío que arrastraban sus ancestras. La tristeza le carcomió salvajemente.

Madres e Hijas

 

“Detrás de todas tus historias, siempre estará la historia de tu madre, porque su historia es donde se inicia la tuya”.

Mitch Albom

Me costó mucho entender como habiendo desarrollado tanta fuerza, tantos éxitos profesionales y personales, tantos talentos (mi madre era muy conocida en todos sus círculos por ser una consejera excelente), se rindiera. Mi madre era el paradigma de poder superarlo y conseguirlo todo. No entendí que se rindiera, su rendición me sumió en la desesperación y vulnerabilidad más absoluta. ¿Porqué una mujer así se rendía? ¿Es que sus hijos no eran motivo más que suficiente para luchar?  (Ver artículo: “Emociones disfuncionales y su repercusión en el cuerpo”).

Las madres tenemos que tener muchísimo cuidado con nuestra salud emocional. Por desgracia en las sociedades actuales no se concede el valor y la trascendencia de cuidar a las madres, tal y como se hace en las sociedades tribales. Tenemos hijos porque nos llama el reloj biológico, pero más allá del primer año de vida, nos empezamos a desconectar de las necesidades emocionales de nuestros hijos porque tenemos que reincorporarnos al mercado laboral. A veces algunas mujeres, hasta momentos antes de parir, siguen trabajando. No están en lo que deberían estar. Están en la productividad y no en la creatividad. Nuestro propio nivel de exigencia (recuperar la talla de antes, recuperar el rendimiento profesional de antes) hace que estemos en las necesidades biológicas y asistenciales de nuestros hijos sin darnos tiempo a acurrucarlos todo el tiempo necesario, jugar con ellos, disfrutar de amamantarles, darles de comer. Corriendo los soltamos a las cuidadoras, tatas, guarderías y esto se acelera a medida que van apareciendo otros hermanitos. Al final todas corremos como pollos sin cabeza a casa con un nivel de estrés impresionante para que los niños hagan lo que tengan que hacer cuanto antes e intentar poder descansar un poco antes de dormir para afrontar el estrés del día siguiente. Y esa carga de estrés tan espantosa se la tragan ellos sin que lo sepamos. Enterita. Los niños lo engullen todo.

“Ser madre es considerar que es mucho más noble sonar narices y lavar pañales, que terminar los estudios, triunfar en una carrera o mantenerse delgada”.

Isabel Allende

Y los niños se enferman. Si no lo hacen físicamente, lo hacen emocionalmente. Reaccionan como pueden: llantos, protestas, me hago pis en la cama, contesto, me porto mal en casa y en el cole… La literatura que describe estos comportamientos al respecto es muy larga. Yo aquí os recomiendo de corazón que os leáis Mis antepasados me duelen, de Patrick Van Eersel y Catherine Maillard.

No me extraña. No nos paramos a pensar en la calidad del vínculo que estamos desarrollando. Tenemos a los niños enfermos con las tabletas, porque somos nosotras las que estamos enfermas de estrés. No les estamos ayudando a vencer las frustraciones y luego lo van a pagar muy caro en los estudios y en el mercado laboral (Ver artículo: “Techo de cristal en hombres y mujeres”).

Desconectamos de la femineidad de nuestras hijas. Las vemos haciéndose grandes y que se van desarrollando, pero no nos paramos en celebrar sus ciclos vitales (Ver artículo: “Mujer, mírate y ámate como si fueras magia”). Nos asusta su sexualidad, no sabemos muy bien cómo abordar el tema con ellas, somos nosotras las vulnerables en primera instancia por no saber explicar las cosas o no querer afrontar que crecen.  Las niñas se acercan de forma totalmente desprotegida a la sexualidad en búsqueda de afectividad y reconocimiento. En primer lugar, porque la mitad de las madres no tiene una buena relación con su sexualidad (o la tienen inhibida, o la tienen descontrolada, o la tienen reprimida, o la tienen como instrumento para otros fines, o la tienen dañada por experiencias traumáticas). El sexo siempre ha sido el recurso con el que obtener algo de las personas. En segundo lugar, porque los clichés publicitarios y sociales sobre la sexualidad de la mujer están envenenados, son absolutamente engañosos y están sujetos a intereses muy determinados. Nos venden cierto tipo de sexualidad de la mujer como paradigma de felicidad para ser exitosa. Penoso y vomitivo en mi humilde opinión.

Madres e Hijas

Los niños se acercan a las drogas y al alcohol de forma compulsiva porque se están refugiando de sus dolores existenciales. Ciertas sustancias utilizadas sin medida, sin control médico (las hay que tienen usos terapéuticos reconocidos si están debidamente prescritas y pautadas por los profesionales de la medicina) provocan estados alterados de conciencia donde el dolor se anestesia. Por eso recurren a ellas. Para ahogar sus penas.

Estar desconectadas de nosotras mismas trae consecuencias en nuestros hijos. Cuando un niño presenta conductas disruptivas, es a los padres a los que hay que tratar. En cuanto los padres se reconectan, los niños se sienten a salvo de nuevo y tienen permiso para dejar de ponerse en peligro. Jirina Prekov lo describe magistralmente en su libro  “Si supieran cuánto los amo.

“Tomar la decisión de tener un hijo es trascendental. Se trata de decidir que tu corazón caminará siempre fuera de tu cuerpo”.

Elizabeth Ston, nadadora paralímpica.

Me sorprenden tremendamente la cantidad de mujeres jóvenes que acuden a mi consulta y que confiesan mantener relaciones sexuales múltiples sin usar ninguna protección. Mujeres treintañeras, independientes económicamente con un nivel educativo alto. No sólo se juegan un embarazo o un aborto. Se juegan una enfermedad de transmisión sexual que les puede incluso dejar estériles (como las famosas clamidias). Juegan a la ruleta rusa con su cuerpo.

Esas mujeres están seriamente dañadas en su feminidad. Están dispuestas a destruirse a sí mismas. Primero, porque si se quedan embarazadas y no quieren tener al bebé van a tener que enfrentarse a una decisión muy complicada y traumática (Ver artículo: “El aborto espontáneo y el aborto intencionado”). En segundo lugar, están dispuestas a contraer una enfermedad sexual con consecuencias terroríficas. ¿Cuáles son las razones de esas conductas suicidas?

Hay que volver a reconectarlas con su historia familiar, la historia de sus madres y la historia con sus madres.

“El que no conoce su historia, tiende a repetirla”.

Bert Hellinger

Muchas personas sufren la ruptura del vínculo con la madre por situaciones muy dolorosas: porque fueron dadas en adopción, porque sufrieron abusos por parte de progenitores o familiares de los que no pudieron defenderse. Hay muchos hombres que han sido víctimas de los abusos sexuales de sus cuidadoras y que no se atreven a confesarlo (es más frecuente escuchar abusos sexuales de hombres hacia niños que de mujeres hacia niños).

La pregunta del millón para un niño es siempre: “¿Dónde está mi madre cuando me pasa esto?”. Es la pregunta del millón de mis consultas. No hay nadie que no le reproche algo a sus progenitores y a sus progenitoras.

Esos reproches se van a acentuar en las sucesivas generaciones si no nos ponemos ciertos límites y no se los ponemos a las mujeres que quieren demostrar a toda costa que la maternidad es una carga y un trámite que nos sitúa en desventaja en el mercado laboral. La maternidad es el mayor acto de creación de la Naturaleza y nos ha hecho a las mujeres el don de poder ser el útero del universo. No somos Amazonas, no hace falta cortarnos el pecho derecho para poder blandir un arma y luchar contra los hombres para matarlos. Nos estamos matando a nosotras mismas si no sabemos entender nuestro rol vital, nuestro rol como madres y nuestro rol como transmisoras de emociones, de fortalezas y debilidades.

Madres e Hijas

Los hombres tienen un rol fundamental también en la educación emocional de nuestros hijos e hijas, pero es diferente ya que biológicamente no han tenido la misma implicación que nosotras en el desarrollo del feto, ni en su cuidado. Los hombres transmiten la fuerza, el orgullo de pertenecer a un clan y el éxito social (por eso tradicionalmente se pone el apellido del padre, para indicar la pertenencia. La madre se sabe siempre quién es). Esto no es ni mejor, ni peor, es complementario. Entender la maternidad es entender la complementariedad. No es la competitividad por ver quién es más importante ni es superior al otro.

“La maternidad es la más importante de todas las profesiones. Exige más conocimientos que cualquier otro asunto relacionado con el hombre”.

Elizabeth Cady Stanton

Las madres representamos un modelo de productividad afectiva y profesional. Si una madre consigue inspirar confianza y seguridad en sus hijos, serán pocas las barreras que se interpondrán en la consecución de objetivos a nivel de pareja y en lo laboral porque los recursos emocionales de los futuros adultos para enfrentarse con soltura a las exigencias de la vida serán muy eficaces. La madre en todas las civilizaciones son la fuente de la vida, de los recursos, del alimento. Bert Hellinger describe magistralmente este concepto en su libro “Éxito en la vida, éxito en los negocios”. Si escarbamos un poco en las historias personales de los empresarios y empresarias de éxito (no hace falta que sean famosos, los que tengáis alrededor) vemos que coinciden en el rol fundamental que han desempeñado sus madres en sus historias familiares. Te invito a que ahora tú, te hagas esa reflexión.

“Dinero, madre y vida son energías equivalentes. Así como tratamos a la madre, así tratamos a la vida y el dinero”.

Bert Hellinger

En mi caso particular, no puedo dejar de pensar que tener la imagen de una madre consejera y mujer de confianza de hombres poderosos ha condicionado, sin duda, mi vocación de coach. Por otro lado, la necesidad de poder compensar mis duelos y los de mi sistema familiar para darles el final feliz que se merecen (Ver artículo: “El rendimiento en el éxito profesional”).

Las mujeres tenemos mucho que aportar a la sociedad y cuanto mejor sea la relación con nosotras mismas y con nuestras hijas e hijos mayor servicio les haremos a ellos y a nuestros entornos. Por supuesto que el rol de los padres y de los hombres es también determinante, pero aquí solo he querido abordar el de las mujeres y madres.

“Lo que conduce y mueve el mundo no son las máquinas, son las ideas”.

Victor Hugo

A mi hija quiero dejarle el legado consciente de mis aprendizajes como mujer que se cuida. Esa es la idea principal. Cuando veo que mi hija se rebota, automáticamente voy a inspeccionar dentro de mí lo que me altera. Cambié mi profesión para poder cuidarla personalmente y dedicarle toda mi atención. Busqué una profesión donde el tiempo libre era la variable más valiosa y la principal, porque no existe para mí mayor éxito que haber criado a una hija con toda mi atención. Eso ha condicionado también sin duda muchísimas otras elecciones, como la tranquilidad de tener un sueldo fijo y de realizar cierto tipo de inversiones, por ejemplo, pero ese intercambio está totalmente en equilibrio para mí.

He valorado la calidad de mi tiempo y mi libertad por encima de cualquier otra cosa por mí y por ella. A cambio he desarrollado talentos profesionales en otras áreas que me permiten combinar la felicidad de realizarme como mujer tanto en lo personal, como en lo familiar y en lo profesional.

Quiero que mi hija aprenda a cuidarse, a respetarse y a ser valiente. No podrá hacerlo de manera automática si antes no tiene un modelo. Luego ella hará su camino. Pero yo mientras viva, me enfrentaré a todos mis miedos para no metérselos a ella en el cuerpo.

Su primera nana fue una canción tradicional mexicana maravillosa para llamar y despertar el poder de las mujeres. La podéis escuchar en Youtube.

Reloj de campana.

Reloj de campanas tócame las horas (x2)
para que despierten las mujeres todas (x2)

Porque si despiertan todas las mujeres (x2)
irán recobrando sus grandes poderes (x2)

Reloj de campana tócame deprisa (x2)
para que despierten las sacerdotisas (x2)

La que invoca el cielo, la que invoca el agua (x2)

la que invoca el fuego, la que invoca el aire (x2)
la que lleva ofrendas a su tierra madre (x2)

Porque de sus hijas ella necesita (x2)
que canten y dancen llenas de contento (x2)

invocando siempre los cuatro elementos (x2)

 

No Comments

Post A Comment

Share This

Este sitio web utiliza cookies tanto propias y de terceros para analizar sus navegación y ofrecerle un servicio más personalizado y publicidad acorde a sus intereses. Continuar navegando implica la aceptación de nuestra Política de Cookies. +Info

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar